SELECCIONES

La gran nocheLA GRAN NOCHE

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En la zona de la masacre, el comportamiento del superviviente me pareció inexplicable. Iba y venía sin descanso, olfateaba una pista y a continuación, de repente, se acostaba en el suelo boca abajo durante más de un minuto, antes de partir en otra dirección y volver a empezar con su ritual. Calculé que se había acostado quince veces en diferentes lugares. Quince, eso representaba exactamente la población de la manada. Llegué a la conclusión de que había rastreado la pista de cada víctima hasta el sitio en que los cazadores la habían abatido y llevado consigo. Pero ¿por qué se acostaba? Con la ayuda de unos gemelos pude constatar que el pelo de sus costados estaba teñido de rojo por la sangre, sin duda la de los congéneres desaparecidos. ¿Quería de ese modo impregnarse por última vez de los olores de su tribu? ¿O bien actuaba para marcar la solidaridad con los suyos, al llevar en su piel la sangre derramada?

El lobo rehizo varias veces el recorrido por las quince posiciones. Aunque las costumbres de un individuo no se pueden generalizar a una especie, estuve tentado de escribir en mis notas que este comportamiento se parecía a una forma de ritual mortuorio. Sin duda nunca más habría de tener la oportunidad, y era mejor así, de volver a encontrarme en circunstancias análogas a las de esta observación. En ese caso, podría haber refutado el principio absoluto según el cual ninguna especie animal practica el culto a los muertos.

Al anochecer, el superviviente partió al fin en busca de otra manada. Entre los lobos no existen los huérfanos, puesto que enseguida son adoptados y alimentados por una o varias hembras. Pero nuestro joven macho ya no era un lobezno. Tras haber dado prueba de su combatividad, y sobre todo de su capacidad de sumisión, iba a tener que conseguir que una compleja jerarquía lo aceptara y le atribuyera, llegado el caso, una posición exacta entre sujetos dominantes y dominados. Y si no superaba esa prueba, no le quedaría otro destino que errar en solitario hasta el fin de sus días.

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André-Marcel Adame

Mi rostro no es para un marcoMI ROSTRO NO ES PARA UN MARCO

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Mi poema

Mi poema es explosión,
salvaje estado de desgarro. Desarmonía.
Mi poema no quiere llegar hasta vosotros,
pues sois por la providencia divina, voluntad,
estetas muertos, polilla de museo,
mi poema es mi rostro.

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Mi rostro

¡Qué veis en mi rostro!
Mi rostro no es para un marco,
es lo mejor que tiene.
Cada vida es alógena.

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Srecko Kosovel


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